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viernes, 8 de septiembre de 2017

¿POR QUÉ SOY MIEMBRO DE LA IGLESIA DE CRISTO?


PRIMERA RAZÓN – “PORQUE EL SEÑOR TUVO MISERICORDIA DE MÍ” (Efesios 2:1-9).  Antes yo estaba muerto en mis delitos y pecados, y así vivía siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia. En ese tiempo vivía en los deseos de mi carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y era por naturaleza hijo de ira, lo mismo que todos los hombres. Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando muerto en pecados, me dio vida juntamente con Cristo (por gracia fui salvo), y juntamente con él me resucitó, y asimismo me hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús, para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para conmigo en Cristo Jesús. Porque por gracia soy salvo por medio de la fe; y no fui salvo por algo bueno que haya hecho, sino por la gracia de Dios. Ahora soy hechura suya, creado en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviese en ellas.

SEGUNDA RAZÓN - POR CAUSA DEL AMOR DE DIOS. En el pasado, y a causa de mis pecados, voluntariamente estaba alejado de Dios y su voluntad (Juan 3:20; Génesis 3:6, 8; Romanos 1:24-28). Esto provocaba mucho temor, pues sabía que era culpable delante del Señor y que merecía ser castigado (Génesis 3:16). No había paz en mi corazón, no había consuelo, ni reposo en mi alma (cfr. Génesis 3:10; Isaías 48:18). Me había convertido en un esclavo del pecado (Juan 8:34), y aunque en algunas ocasiones pretendía acercarme a Dios, seguía siendo esclavo por creer que con algunas oraciones, o con leer la Biblia y hacer algunas cosas buenas, alcanzaría la salvación de mi alma. Estaba equivocado (Romanos 7:14-24; Salmo 7:14). ¡Miserable de mí! ¿Quién me libraría de ese cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro (Romanos 7:24, 25). Él mostró su amor para conmigo, en que siendo pecador, Cristo murió por mis pecados (Romanos 5:8). Y no solo eso, pues, estando ya justificado en su sangre, por él también seré salvo de la ira. Porque si siendo enemigo, fui reconciliado con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliado, seré salvos por su vida. Soy muy feliz porque ahora estoy en paz con él (Romanos 5:9-11). ¡Qué grande es el amor de Dios! (Juan 3:16).

TERCERA RAZÓN – PORQUE EL SEÑOR ME AÑADIÓ A ELLA. Cuando escuché que “la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente” (Tito 2:11, 12), estuve dispuesto a escuchar el evangelio de Cristo (cfr. 1 Samuel 3:10). Fue así que entendí por qué mi vida había cambiado tanto al llegar a mi juventud (Génesis 8:21). Ni el sistema, ni mis padres, ni mis amigos eran culpables de mis pecados, sino yo mismo (cfr. Ezequiel 18:20). Estaba destituido de la gloria de Dios (Romanos 3:22, 23). Era un infractor de la norma de conducta que Dios había puesto en mi corazón (Romanos 2:15; 1 Juan 3:4). Estaba muerto, separado de Dios y sin esperanza en este mundo (Isaías 59:1, 2; Efesios 2:12). Estaba destinado al lago de fuego (Apocalipsis 21:8).  No obstante, también aprendí una buena noticia: Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuanta sus pecados (2 Corintios 5:19). Él pasó por alto mi perversa vida (Hechos 17:30), y ahora me estaba llamando para ser perdonado de todos mis pecados (2 Tesalonicenses 2:14; Mateo 11:28; Hechos 13:38).  Mandó que me arrepintiera de mis pecados (Hechos 17:30; 3:19); confesara delante de los hombres que lo reconocía como el Hijo de Dios (Mateo 10:32, 33; Romanos 10:9, 10; Mateo 16:14-17; Hechos 8:37), y fuese sumergido en agua para perdón de mis pecados (Hechos 2:38; 22:16; 1 Pedro 3:21; Colosenses 2:12, 13; Gálatas 3:26, 27; Marcos 16:16). Cuando obedecí al Señor, fui salvo y añadido por él a su iglesia (Hebreos 5:9; Hechos 2:41, 47; Colosenses 1:13; 1 Corintios 12:13). Ahora soy parte de la familia de Dios (Mateo 28:19-20), soy parte de su cuerpo (Efesios 5:30), su iglesia (Efesios 5:23).

AHORA QUE SOY MIEMBRO DE LA IGLESIA DEL SEÑOR.  He sido enriquecido con toda bendición espiritual (Efesios 1:3). He sido lavado, santificado y justificado (1 Corintios 6:11). Soy una nueva criatura (2 Corintios 5:17), soy parte del pueblo de Dios (Tito 2:14).  Siendo de Cristo, no soy “bautista”, ni “metodista”, ni “mormón”, ni “católico”, ni “evangélico”, ni “pentecostal”, sino solamente “cristiano” (1 Pedro 4:16); y así, me he hecho miembro de una iglesia local donde otros también son “cristianos” (Hechos 11:26).  Como iglesia local, no tenemos denominación, somos autónomos en obra y gobierno (Hechos 14:23). De hecho, en diversas partes del mundo hay otras “iglesias de Cristo” (Romanos 16:16) que, como nosotros, formamos una congregación local para hacer la obra del Señor y glorificarle conforme a su palabra (Efesios 3:21; 5:20). Como iglesia local, nos reunimos cada primer día de la semana para comer la cena del Señor (Hebreos 10:25; Hechos 20:7), celebrar colectas para ayudar a santos necesitados, participar en la predicación del evangelio, y proveer lo necesario para la edificación de los santos (1 Corintios 16:1; Filipenses 4:15-20; Efesios 4:11-12). Nos beneficiamos de la exposición de las Escrituras y las oraciones (Hechos 2:42).  En tales reuniones, cantamos alabanzas, y por voluntad del Señor, solamente usamos el corazón como instrumento musical (Colosenses 3:15; Efesios 5:19). Como cristianos, habitualmente estamos “partiendo el pan en las casas”, donde comemos “juntos con alegría y sencillez de corazón” (Hechos 2:46). Con el salmista exclamamos, “¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía!” (Salmo 133:1).

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