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miércoles, 27 de septiembre de 2017

¿Y TÚ NO PECAS?

Es común que cuando alguien es amonestado por cosas malas que hace, responda diciendo: “¿Y tú no pecas? ¿Tú eres perfecto? ¿Acaso tú no te equivocas nunca?”. Bueno, la Biblia responde esas preguntas:

Eclesiastés 7:20: “Ciertamente no hay hombre justo en la tierra, que haga el bien y nunca peque”.  2 Crónicas 6:33, dice que “no hay hombre que no peque”. Salmos 143:2 – “no se justificará delante de ti ningún ser humano”. Proverbios 20:9 – “¿Quién podrá decir: Yo he limpiado mi corazón, limpio estoy de mi pecado?”

El apóstol Pablo declaró que “no hay justo, ni aún uno” (Romanos 3:9-12), y reiteró diciendo que, “no hay ni siquiera uno”.  Entonces, no es extraño descubrir que, incluso, grandes hombres de Dios pecaron.  En Génesis 12:10-19 leemos de la mentira de Abraham. En Génesis 9:20-21 de la embriaguez de Noé. En Números 20:11-12 de la desobediencia de Moisés. En Marcos 14:66-72 de la negación de Pedro, y en Gálatas 5:11-13 de la hipocresía, tanto de Pedro, como de Bernabé.

Entonces, cuando preguntamos al hermano que nos amonesta, ¿Y tú no pecas? Debemos saber que, a la luz de la Biblia, “todos tropezamos de muchas maneras” (Santiago 3:2/LBLA; cfr. Versión Hispanoamericana y Versión Moderna. Otras versiones no dan una traducción literal, pero expresan bien la idea: "todos nosotros fallamos" - Versión Ecuménica; "Todos cometemos muchos errores" - Versión Popular). 

Cuando un hermano nos amonesta y nos corrige, no lo está haciendo porque él no peca nunca. Considere el caso de Pedro. Todos sabemos que él negó al Señor en tres ocasiones.  ¿Peco al hacer esto? Sí. Sin embargo, en Hechos 5:3, 4, leemos: “Y dijo Pedro: Ananías, ¿por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo, y sustrajeses del precio de la heredad? Reteniéndola, ¿no se te quedaba a ti? y vendida, ¿no estaba en tu poder? ¿Por qué pusiste esto en tu corazón? No has mentido a los hombres, sino a Dios.”.  ¿Leyó con atención? El que había negado al Señor tres veces, ahora está amonestando a Ananías por su pecado.  Después, en Hechos 8:20-23, severamente amonestó a Simón el mago.

“Entonces Pedro le dijo: Tu dinero perezca contigo, porque has pensado que el don de Dios se obtiene con dinero. No tienes tú parte ni suerte en este asunto, porque tu corazón no es recto delante de Dios. Arrepiéntete, pues, de esta tu maldad, y ruega a Dios, si quizás te sea perdonado el pensamiento de tu corazón; porque en hiel de amargura y en prisión de maldad veo que estás.” (Hechos 8:20-23)

¿Por qué reprendió y amonestó a Ananías y a Simón? ¿Fue porque Pedro no peca nunca? ¡Claro que no! El hecho de que en el pasado haya cometido pecados, o a pesar de los errores que cometerá en el futuro, eso no cambia la realidad de que sus amonestaciones y reprensiones son del todo correctas y espirituales.

Lo está haciendo porque lo necesitamos. La amonestación no representa un alarde de justicia, sino un acto de amor y misericordia que es a nuestro favor. Es el intento de un rescate.

Judas 1:22-23 Y tened misericordia de algunos que dudan; a otros, salvad, arrebatándolos del fuego; y de otros tened misericordia con temor, aborreciendo aun la ropa contaminada por la carne.

¿Por qué preguntamos eso, entonces? Es una reacción de orgullo. No queremos reconocer que hemos fallado. Esto de ocultar el pecado lo más posible, es una reacción que la mayoría de los hombres hacemos. Y lo hacemos, hasta que no seamos descubiertos.

Así lo hizo David, pues no confesó su pecado sino hasta que lo visitó el profeta Samuel (Salmo 51:1, 17).  Acab ocultó su pecado contra Nabot (1 Reyes 21:19-20, 27).  Dice la Biblia Hispanoamericana dice en el verso 20: “Ajab dijo a Elías: — ¡Me has DESCUBIERTO, enemigo mío! Elías respondió: — ¡Sí, te he descubierto! Puesto que has ofendido al Señor con tus acciones”. Y el verso 27: “Cuando Ajab escuchó esas palabras, se rasgó las vestiduras, se vistió de saco y ayunó; se acostaba con el saco y se mostraba afligido”.  Ocultó su pecado, hasta que fue descubierto.  Todos tendemos a hacer eso.  Ocultar nuestro pecado hasta ser descubiertos.  Y cuando preguntamos, “¿Y tú no pecas?” Es precisamente lo que queremos hacer. Queremos DISTRAER la atención, y pasar nuestra culpa al que nos amonesta. Eso no es correcto hermanos. ¿Qué debemos hacer? Debemos confesar nuestro pecado y comenzar con la restauración: “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.” (1 Juan 1:8-9)

Ahora bien, SI ENTENDEMOS QUE “TODOS PECAMOS”, ENTONCES, ¿NO DEBERÍAMOS DE TENER PACIENCIA Y MISERICORDIA CON OTROS?  Porque cuando nos amonestan, indicamos que todos pecamos, pero cuando alguien comete un pecado que nos afecta, entonces queremos que toda la ira de Dios caiga sobre ellos.  ¿Les parece justo ese proceder?

Cuando queremos que se pase por alto nuestro pecado, y que el de los otros sea castigado, entonces somos injustos. Estamos dispuestos a sacar la paja del ojo de otro, y no queremos sacar la viga del nuestro (Mateo 7:1-5).  Si queremos recibir perdón, paciencia y misericordia por el pecado nuestro, entonces tenemos que ofrecer lo mismo al pecado de los demás. En otras palabras, “el perdón produce perdón”. Mire lo que dice Cristo en Mateo 6:14-16: “Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas” (Mateo 6:14-16) 

 Entonces, en caso contrario, “si no perdonamos, tampoco seremos perdonados”. ¿Quiere usted ser perdonado? ¡Necesita perdonar cuando el pecador se ha arrepentido!

Dado que todos pecamos, entonces debemos tener cuidado de exaltar a los hombres como si fuesen perfectos.  Si pensamos eso de los hombres, estamos pretendiendo que hay seres humanos infalibles, cuando no los hay. Sólo Jesús fue "sin pecado" (1 Peter 2:22; 2 Corintios 5:21; Hebreos 4:15).  Podemos seguir a los hombres solamente cuando siguen a Cristo (1 Corintios 11:1). Pero en tanto se aparten del Señor y sus caminos, y así quieran continuar, entonces debemos apartarnos de ellos inmediatamente (cfr. Romanos 16:17).

Seguir ciegamente a los hombres tiene consecuencias trágicas. En el evangelio de Mateo 15:14, dice: “si el ciego guiare al ciego, ambos caerán en el hoyo.” Muchos que han seguido a los hombres, creyendo que son infalibles, han pagado con sus propias vidas por cometer ese error.

¿Tú no pecas? Sí, todos pecamos, por tanto, debemos confiar en Jesucristo para nuestra salvación.  Recuerde que somos salvos, no por nuestras obras, sino por la gracia de Dios (Romanos 3:23-24; 5:8-11; 7:24-25).

¿Tú no pecas? Sí, por tanto, estemos vigilantes (1 Corintios 9:27; Filipenses 2:12; 1 Corintios 11:20).  Y si pecamos, no olvidemos que: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.” (1 Juan 1:9)

Conclusión

¿Y tú no pecas? Sí, todos pecamos, pero el punto es: ¿Qué hacemos ante ello? ¡Esta es la cuestión! ¿Nos quedamos en el pecado? O ¿Nos arrepentimos y confesamos nuestro pecado? Si un hermano nos amonesta por nuestro pecado, no seamos rebeldes, ni maliciosos; nos conviene mejor aceptar la reprensión y arrepentirnos de nuestro pecado, mostrando el mismo amor por otros que sin duda veremos caer.


¿Qué hará, entonces, con su pecado? ¿Se burlará de mí, con una variedad de cuestionamientos, poniendo en tela de duda mi integridad? Usted puede hacer eso, pero eso no cambia la verdad de que usted necesita arrepentirse.

viernes, 8 de septiembre de 2017

¿POR QUÉ SOY MIEMBRO DE LA IGLESIA DE CRISTO?


PRIMERA RAZÓN – “PORQUE EL SEÑOR TUVO MISERICORDIA DE MÍ” (Efesios 2:1-9).  Antes yo estaba muerto en mis delitos y pecados, y así vivía siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia. En ese tiempo vivía en los deseos de mi carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y era por naturaleza hijo de ira, lo mismo que todos los hombres. Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando muerto en pecados, me dio vida juntamente con Cristo (por gracia fui salvo), y juntamente con él me resucitó, y asimismo me hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús, para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para conmigo en Cristo Jesús. Porque por gracia soy salvo por medio de la fe; y no fui salvo por algo bueno que haya hecho, sino por la gracia de Dios. Ahora soy hechura suya, creado en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviese en ellas.

SEGUNDA RAZÓN - POR CAUSA DEL AMOR DE DIOS. En el pasado, y a causa de mis pecados, voluntariamente estaba alejado de Dios y su voluntad (Juan 3:20; Génesis 3:6, 8; Romanos 1:24-28). Esto provocaba mucho temor, pues sabía que era culpable delante del Señor y que merecía ser castigado (Génesis 3:16). No había paz en mi corazón, no había consuelo, ni reposo en mi alma (cfr. Génesis 3:10; Isaías 48:18). Me había convertido en un esclavo del pecado (Juan 8:34), y aunque en algunas ocasiones pretendía acercarme a Dios, seguía siendo esclavo por creer que con algunas oraciones, o con leer la Biblia y hacer algunas cosas buenas, alcanzaría la salvación de mi alma. Estaba equivocado (Romanos 7:14-24; Salmo 7:14). ¡Miserable de mí! ¿Quién me libraría de ese cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro (Romanos 7:24, 25). Él mostró su amor para conmigo, en que siendo pecador, Cristo murió por mis pecados (Romanos 5:8). Y no solo eso, pues, estando ya justificado en su sangre, por él también seré salvo de la ira. Porque si siendo enemigo, fui reconciliado con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliado, seré salvos por su vida. Soy muy feliz porque ahora estoy en paz con él (Romanos 5:9-11). ¡Qué grande es el amor de Dios! (Juan 3:16).

TERCERA RAZÓN – PORQUE EL SEÑOR ME AÑADIÓ A ELLA. Cuando escuché que “la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente” (Tito 2:11, 12), estuve dispuesto a escuchar el evangelio de Cristo (cfr. 1 Samuel 3:10). Fue así que entendí por qué mi vida había cambiado tanto al llegar a mi juventud (Génesis 8:21). Ni el sistema, ni mis padres, ni mis amigos eran culpables de mis pecados, sino yo mismo (cfr. Ezequiel 18:20). Estaba destituido de la gloria de Dios (Romanos 3:22, 23). Era un infractor de la norma de conducta que Dios había puesto en mi corazón (Romanos 2:15; 1 Juan 3:4). Estaba muerto, separado de Dios y sin esperanza en este mundo (Isaías 59:1, 2; Efesios 2:12). Estaba destinado al lago de fuego (Apocalipsis 21:8).  No obstante, también aprendí una buena noticia: Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuanta sus pecados (2 Corintios 5:19). Él pasó por alto mi perversa vida (Hechos 17:30), y ahora me estaba llamando para ser perdonado de todos mis pecados (2 Tesalonicenses 2:14; Mateo 11:28; Hechos 13:38).  Mandó que me arrepintiera de mis pecados (Hechos 17:30; 3:19); confesara delante de los hombres que lo reconocía como el Hijo de Dios (Mateo 10:32, 33; Romanos 10:9, 10; Mateo 16:14-17; Hechos 8:37), y fuese sumergido en agua para perdón de mis pecados (Hechos 2:38; 22:16; 1 Pedro 3:21; Colosenses 2:12, 13; Gálatas 3:26, 27; Marcos 16:16). Cuando obedecí al Señor, fui salvo y añadido por él a su iglesia (Hebreos 5:9; Hechos 2:41, 47; Colosenses 1:13; 1 Corintios 12:13). Ahora soy parte de la familia de Dios (Mateo 28:19-20), soy parte de su cuerpo (Efesios 5:30), su iglesia (Efesios 5:23).

AHORA QUE SOY MIEMBRO DE LA IGLESIA DEL SEÑOR.  He sido enriquecido con toda bendición espiritual (Efesios 1:3). He sido lavado, santificado y justificado (1 Corintios 6:11). Soy una nueva criatura (2 Corintios 5:17), soy parte del pueblo de Dios (Tito 2:14).  Siendo de Cristo, no soy “bautista”, ni “metodista”, ni “mormón”, ni “católico”, ni “evangélico”, ni “pentecostal”, sino solamente “cristiano” (1 Pedro 4:16); y así, me he hecho miembro de una iglesia local donde otros también son “cristianos” (Hechos 11:26).  Como iglesia local, no tenemos denominación, somos autónomos en obra y gobierno (Hechos 14:23). De hecho, en diversas partes del mundo hay otras “iglesias de Cristo” (Romanos 16:16) que, como nosotros, formamos una congregación local para hacer la obra del Señor y glorificarle conforme a su palabra (Efesios 3:21; 5:20). Como iglesia local, nos reunimos cada primer día de la semana para comer la cena del Señor (Hebreos 10:25; Hechos 20:7), celebrar colectas para ayudar a santos necesitados, participar en la predicación del evangelio, y proveer lo necesario para la edificación de los santos (1 Corintios 16:1; Filipenses 4:15-20; Efesios 4:11-12). Nos beneficiamos de la exposición de las Escrituras y las oraciones (Hechos 2:42).  En tales reuniones, cantamos alabanzas, y por voluntad del Señor, solamente usamos el corazón como instrumento musical (Colosenses 3:15; Efesios 5:19). Como cristianos, habitualmente estamos “partiendo el pan en las casas”, donde comemos “juntos con alegría y sencillez de corazón” (Hechos 2:46). Con el salmista exclamamos, “¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía!” (Salmo 133:1).

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Si usted desea conocer más exactamente el camino de Dios (Hechos 18:26), le invitamos que se comunique con nosotros hoy mismo. 

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